Esta tibia noche

La noche entra despacio.

Trae un café descafeínado,
una taza blanca
y una página que no quiere mirarme.

La cucharita golpea el borde.
Insiste.

Como si todavía esperara 
una respuesta.

Afuera,
la música deja su perfume 
sobre los vidrios.

Adentro,
la tristeza se sienta frente a mí
con las piernas cruzadas.

No dice nada.

Sabe esperar.

El café se enfría.
Yo también.

Hay recuerdos
mordiendo la orilla de la mesa.

Los de ayer.

Los de siempre.

Los que regresan
con los zapatos húmedos
y se sientan a mi lado.

Me cubro la cara.

Los ojos caen
como dos estores vencidos.

El reloj insiste
en su muerte circular.

Ninguna hora avanza.

La página sigue blanca.

Blanca como una sábana
después del cuerpo.

Blanca como una boca
que no se atreve.

No decir también hiere.

A veces
una palabra se queda debajo de la lengua
hasta volverse piedra.

Bebo el último sorbo.

En el fondo de la taza
queda una mancha oscura.

Parece un país pequeño.

Parece una herida
aprendiendo a no sangrar.

La felicidad,
dicen,
pertenece a todos.

Esta noche
no vino por mí.

Tu alegría cruza lejos,
encendida
como una fogata
al otro lado del río.

Yo la miro
sin tocarla.

Después
la taza queda vacía.
La página también.

Nada más.

Solo esta noche tibia
dejando sus dedos
sobre mi cuello.

Tal vez mañana
la blancura se canse.

Tal vez mañana
una frase abra los ojos.

O tal vez
la página aprenda de mí

el antiguo oficio
de callarse.

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