Domingo, de madrugada

Me vestí de rojo.
Como si eso pudiera cambiar algo.

Labial rojo.
Zapatos rojos.
Dos mechones rojizos
negociando con la noche.

Frente al espejo
repetí varias veces:
te ves bien.

Nadie respondió.

Después vino la espera.

La ciudad seguía funcionando.
Los taxis pasaban.
Los semáforos cambiaban de color.
Mi teléfono no.

Pensé en volver a casa.
Encender la luz.
Quitarme los zapatos.
Olvidarme de todo.

Entonces sonó.
Y salí.
Lo demás ocurre borroso.

Recuerdo tu sonrisa.
El vino.
Tu mano buscando la mía.

Y estos malditos zapatos
recordándome toda la noche
que el cuerpo
siempre sabe más que el corazón.

Comentarios

Entradas populares