Páginas borroneadas...

Las palabras brotan
como larvas bajo la lengua.

No vienen limpias.
Traen sal.

Traen restos de comida.
Traen una uña rota
raspando el borde del día.

Yo las dejo salir.
No por valentía.
Por cansancio.

La tristeza ha pasado meses
sentada sobre mi pecho
amasando agua negra.

Por eso escribo.
Para que algo se derrame
fuera de mí.

Sobre la mesa
las páginas se hinchan.

La tinta abre sus patas.
Camina.
Busca una boca.

Busca una herida
donde volver a entrar.

Hay frases que no secan nunca.

Se quedan pegadas a los dedos
como piel después del fuego.

Yo las guardo igual.

Aunque manchen.
Aunque huelan
a cuarto cerrado.

Aunque debajo de cada letra
siga moviéndose
un animal ciego.

Tú estás ahí.
No entero.
No vivo.

Apenas un trozo de voz
mordiendo el papel.

Apenas tus ojos
dos pozos
donde la noche aprende
a no hacer ruido.

Yo también estoy ahí.
Con las manos hambrientas.
Con el cuerpo lleno
de pequeñas puertas clausuradas.

Esperé demasiado.
Pedí demasiado.

Creí que el amor
era una mesa puesta.

Pero solo dejó platos rotos
y una cuchara doblada
dentro del pecho.

Ahora escribo.
Borro.
Vuelvo a escribir.

Las páginas ya no obedecen.
Se arrugan.
Respiran.

Me devuelven
una mujer manchada de tinta
que todavía insiste
en reconocerse.

Al final
no queda una historia.

Queda el papel húmedo.

La letra vencida.

Esta forma torpe
de seguir sangrando
sin abrir la piel.

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